CANTA EL HORNERO, CONTENTO PORQUE HAY BARRO PARA EL NIDO
Eduardo Galeano.-
1.
-Uno es ciego -dijo Carlitos.
Masticaba un tallo de trébol.
Estábamos tendidos en el pasto, lejos de los demás. El sol blanco calentaba apenas.
Matías nos había ayudado a preparar las costillas a las brasas. Habíamos comido y la gente charlaba en grupos.
Carlitos se había pasado la vida, me contó, huyendo de los suyos. Cuando descubrió a su madre, cuando supo verla por primera vez, ella era una gurisita tumbada en la cama y sólo decía retazos de cosas cómicas o locas y ya no iba a levantarse nunca.
-Uno es ciego -dijo Carlitos-. A veces uno adivina. A veces, nomás.
2.
Por la noche, gran raviolada. Sarlanga, autor de la maravilla, contó sus desventuras en la cancha de Boca, el domingo pasado. La multitud le había tragado un zapato y él había vuelto a casa, en el subte, con un pie descalzo y cara de serio. Achával recordaba historias del viejo Jauretche, sabio y socarrón, que había sabido recomendar un lutito a cierto señor de ropas brillosas y chillonas de colores.
Dos por tres se me cruzaban la risa y la mirada con una muchacha llamada Helena.
Me gustó su manera de comer disfrutando.
Ella había estado con nosotros todo el fin de semana, pero fue a la hora de cenar que yo descubrí ese rostro de india que Siqueiros hubiera querido pintar. Vi la mucha luz de esos ojos verdosos, también sus llantos secos, la dignidad de los pómulos, la boca muy hembra marcada por la cicatriz: una mujer así debería estar prohibida, pensé, con asombro. Yo todavía no sabía que había sido un tiro el que le había rozado la cara, pero quizás ya me daba cuenta de que ningún arañazo de la garra de la muerte podía ser capaz de desfigurarla.
Después hubo barajas, y ella apostó hasta el último garbanzo. Ganó. Entonces empujó todo lo que tenía hacia el centro de la mesa. Y perdió. No se le movió un músculo.
Caminamos juntos, en el buen frío de la noche. La luna, borrosa, dejaba ver los movimientos de marea de las copas de los árboles, oleajes lentos, y estaban vivos los árboles, estaban cómplices, y el mundo circulaba suave bajo los pies.
-Esto es bueno y limpio -dije, o dijo.
A la noche siguiente llovió fuerte en Buenos Aires. No estábamos juntos. Pasamos la noche en vela, bajo techos diferentes, en distintos barrios, escuchando llover la misma lluvia. Y descubrimos que no podíamos dormir separados.
La melodía se encontró con nosotros. La melodía haragana por las perezas del amor se estiró y se deslizó por el aire, de cuarto en cuarto, y se encontró con nosotros, vuelo lánguido de la flecha en el aire, melodía de Asa branca: Eric tocaba la armónica para su hijito Felipe en algún lugar de la casa y la melodía llegó hasta donde estábamos en el momento justo en que yo te decía, o me decías, que sobrevivir había valido la pena.
El cuerpo mío había crecido para encontrarte, después de tanto caminar y caer y perderse por ahí. No el puerto, el mar: el lugar adonde van a parar todos los ríos y donde navegan los buques y los barquitos.
4.
Estado de sitio, guerra de exterminio, ciudad ocupada. Dormíamos en una cama distinta cada vez. Nos cuidábamos, medíamos los pasos y las palabras.
Pero una noche, todavía no sé cómo, nos encontramos cantando y bailando en plena carretera, frente al cuartel más grande de Buenos Aires. Eric, campeón de tenis que perdía siempre, giraba como un trompo; Achay el Gordo brincaban abrazados y proclamaban la candidatura de Vicente al gobierno de todos los imperios, monarquías y repúblicas; Vicente se revolcaba y saltaba y se rompía una pata gritando qué bella es la vida. Helena y yo nos celebrábamos como un cumpleaños.
Los reflectores nos ubicaron desde la torre del cuartel. El centinela alzó el arma y parpadeó: ¿Quiénes son esos locos disfrazados que bailan en la calle? Y no disparó.

